MENARDELESCRIBIDOR aprovecha para desear a todo quisqui una feliz Navidad. Disfrutad de las fiestas, no os paséis con las comilonas y leed mucho (novelas que os interesen, cómics, etc.). Y disfrutad de este vídeo, que aunque la canción tiene ya sus años, un clásico siempre es un clásico en Navidad, ¿no? Lo siento, alumnos de 4º, cuando Lady Gaga haga un villancico, tranquilos, que lo colgaré en el blog. Hasta entonces, dejemos que cante Frank Sinatra... Ahí va el link con el villancico jazzístico (Let It Snow):
http://www.youtube.com/watch?v=aQzlJRjXSGY
martes, 21 de diciembre de 2010
viernes, 10 de diciembre de 2010
4º ESO Y 1º BACHILLERATO: ELOGIO DE LA LECTURA Y LA FICCIÓN
Este señor tan sonriente es Mario Vargas Llosa, escritor peruano que acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura, y autor de novelas como Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo o El Paraíso en la otra esquina. En la entrada de abajo encontraréis una actividad a partir del discurso que pronunció hace pocos días al aceptar el Premio Nobel. La entrada contiene 2 links que contienen las dos partes del vídeo del discurso que él mismo pronunció, y abajo de estos links encontraréis también fragmentos escritos del discurso. Con la parte escrita ya podréis realizar la actividad, pero si alguien prefiere el soporte audiovisual o quiere complementar una cosa con la otra, para eso he colgado también los vídeos. ¡Ala, a leer y escuchar al Premio Nobel!
4º ESO Y 1º BACHILLERATO: VARGAS LLOSA, PREMIO NOBEL DE LITERATURA
Aquí tenéis el discurso que Mario Vargas Llosa pronunció el pasado 7 de diciembre al recibir el Premio Nobel de Literatura, titulado ELOGIO DE LA LECTURA Y LA FICCIÓN. Os pongo dos versiones: una en vídeo, y la otra compuesta por fragmentos escritos donde recojo lo más destacado de su discurso.
¿QUÉ TRABAJO TENÉIS QUE HACER?: Tenéis que enviarme un resumen (8 líneas) del contenido del discurso escrito, y una opinión personal (5-7 líneas) sobre lo que Vargas Llosa dice acerca de la literatura: si estáis de acuerdo con él, y qué es para vosotros la literatura.
http://www.youtube.com/watch?v=pa4mOyL94fUhttp://www.youtube.com/watch?v=hQRyw5P1xaM
Elogio de la lectura y la ficción. Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
¿QUÉ TRABAJO TENÉIS QUE HACER?: Tenéis que enviarme un resumen (8 líneas) del contenido del discurso escrito, y una opinión personal (5-7 líneas) sobre lo que Vargas Llosa dice acerca de la literatura: si estáis de acuerdo con él, y qué es para vosotros la literatura.
http://www.youtube.com/watch?v=pa4mOyL94fUhttp://www.youtube.com/watch?v=hQRyw5P1xaM
Elogio de la lectura y la ficción. Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
jueves, 9 de diciembre de 2010
martes, 30 de noviembre de 2010
CUENTOS DE TERROR DE UNA EX ALUMNA PREMIADA
El año pasado, en el instituto donde un servidor impartía clases, los de Castellano escogimos a 9 alumnos de 2º de ESO para que participaran en un concurso de relatos breves organizados en toda Catalunya por la Coca-Cola. Y, para nuestro orgullo, de los creo recordar que siete u ocho primeros premios (de un total de cientos de participantes), dos fueron para dos alumnas nuestras. Aquí os dejo dos cuentos de miedo de una de ellas, MARIA SERRAT. Ya que muchos me habéis enviado vuestros propios cuentos de miedo, aquí tenéis los de una alumna de otro instituto. Podéis leerlos y disfrutar de ellos, comparar con los vuestros, quizá pasar un poco de miedo y, sobre todo, espero que animaros a seguir escribiendo vuestros cuentos (como Maria sigue haciendo), vuestras historias, cómics..., todo lo que sea dar rienda suelta a vuestra CREATIVIDAD e IMAGINACIÓN.
Ahí van los dos cuentos:
CUENTO 1: OSCURA PESADILLA
Era una mañana bastante soleada. Iba tranquilamente por la calle. De repente escuché como alguien parecía seguirme, entonces pude sentir como un gran escalofrío recorría mi cuerpo. Notaba como me iba paralizando con cada paso que daba. Tenía mucho miedo pero aun así continué andando.
Entonces pude ver que había una gran puerta abierta y me adentré en ella. Aquel sitio era oscuro y frío. Parecían unas galerías pero no estaba del todo segura. Habían muchas cajas amontonadas, unas encima de las otras. Me entró un poco de curiosidad y cuidadosamente abrí una de ellas. Dentro parecía haber unos frascos con un líquido bastante transparente. Parecían llevar unas etiquetas enganchadas y leí una. Allí ponía “Bálsamo hidratante, te dejará la piel como nueva”. Estaba tan concentrada pensando en donde me hallaba que no me di cuenta de que las puertas parecían cerrarse con un gran chirrido. En ese momento el miedo se apoderó de mi. Estaba allí sola a oscuras y nadie me podía ayudar.
En ese preciso instante pude escuchar un rugido sordo. Procedía del fondo de aquella galería tan terrorífica. En un segundo pude percibir la forma corporal de alguien. Pero ese alguien no podía de ser del todo humano. Su cuerpo era esbelto y escultural. Su rostro era bello y con un esplendor que te dejaba sin aliento. Sus ojos eran hermosos y rojizos pero a la vez te daban aquella sensación de terror y su cara no parecía reflejar ningún sentimiento.
Él pronunció algo en un mormullo pero no lo pude comprender, estaba demasiado asombrada para poder reaccionar o pensar.
Aquel silencio sepulcral de repente desapareció. En un abrir y cerrar de ojos pude ver como se habría un gran agujero negro debajo de nosotros. Aquello era impresionante. Me sentía sorprendida pero a la vez aterrada. Todo lo que me estaba pasando no era normal. Absorta en mis pensamientos no me di cuenta que estaba cayendo en aquella cosa. De repente llegamos a un sitio rocoso. Aquellas rocas eran ardientes como el fuego y aquél lugar desprendía un calor abrasador. Aquel monstruo me había llevado a un sitio extraño para mí y no sabía que hacer. En cuanto a aquella bestia, ya se había movido como si aquel fuese su lugar de origen, en cambio, yo todavía no había podido articular ningún musculo. Continué mirando a mi alrededor. Todo parecía vacio y cada vez tenía más y más calor.
Me volví a fijar en aquella bestia y vi que me estaba mirando fijamente. De repente se giró y vi como se transformaba. Ahora llevaba una capa larga de un rojo muy potente. Su cara había cambiado, tenía una expresión maliciosa y pude ver cómo le sobresalían unos colmillos bien afilados.
Estaba aterrorizada, aquello era el infierno de verdad. Continuaba sin poderme mover de donde estaba. Él se acercaba hacía a mi.
Comencé a correr de una forma torpe. No era muy rápida y aquel sitio parecía un laberinto. Cada vez me costaba más respirar, me estaba quedando sin fuerzas. De golpe me percate de su presencia. Estaba justo a mi lado. Ahora ya estaba perdida y mi muerte estaba asegurada. Él me agarró con fuerza por el brazo y me miró fijamente. Su mirada era penetrante y me estaba quedando sin respiración.
Cuando estaba a punto de desmayarme un rayo de luz muy potente atravesó aquellas paredes rocosas. Algo o alguien me cogió de los hombros y me subió hacia arriba. Al reaccionar vi que estaba otra vez en aquellas galerías tan oscuras. Me dirigí hacía la puerta y en cuanto la empuje se volvieron a abrir con un gran ruido. Mire hacía el horizonte y pude ver el crepúsculo del anochecer. Estaba viva y la pesadilla que había vivido ya se había acabado. Pero todavía quedaba el gran misterio. ¿Quién me había salvado?
CUENTO 2: LA APUESTA
Todo comenzó con una ridícula apuesta que nunca tendría que haber echo. Aposté con un compañero que era capaz de pasar una noche en el bosque de la venganza, pero no yo solo sino con una de mis amigas. Ella aceptó y yo también.
El bosque de la venganza era un bosque cercano al pueblo. Durante muchos años había corrido el rumor de que allí se había derramado mucha sangre, todo por sed de venganza. Todo aquel que había estado allí nunca había vuelto a ser visto.
Nadie sabía que les había pasado a aquellas personas. Todos le habían cogido miedo a aquel lugar y nadie más se había atrevido a ir de noche, menos los más valientes.
Entonces aquella misma noche mi amiga y yo fuimos a aquel bosque. Todo estaba muy oscuro y no se veía casi nada. Nosotros nos escondimos detrás de un pequeño árbol y allí preparamos nuestros sacos de dormir y la hoguera. Se escuchaban ruidos cerca de allí pero hasta el momento ninguno de los dos estaba aterrado. Los dos nos quedamos dormidos, hasta que escuchemos un ruido que nos sobresalto. Aquel ruido era de gritos, de disparos, como de gente huyendo de su asesino. Los dos nos miramos a la cara. Estábamos muy asustados. Y si todos aquellos rumores eran ciertos? Entonces mi amiga comenzó a chillar. Dirigí mi mirada hacia la de ella y vi que delante nuestro había una chica con un vestido blanco manchado de sangre. Ella estaba totalmente pálida y sus ojos estaban en blanco. Me asusté, cogí la mano de mi amiga y comenzamos a correr. Aquello no podía estar pasando. Aquella chica era un fantasma o tan solo una ilusión? Mi amiga estaba aterrada y todo por mi culpa. Los dos estábamos escondidos, en silencio, contemplando por si veíamos algún otro espíritu. Yo me giré un segundo y cuando volví a mirarla ella ya no estaba. Mi mejor amiga había desaparecido pero yo ni siquiera lo había notado. Estaba exhausto y confuso. Nunca había tenido tanto terror como en aquel momento. Corrí sin rumbo para encontrarla pero no había ni rastro de ella.
Seguramente el fantasma de aquella chica se la había llevado. Por un instante pensé que todo aquello debía de ser una pesadilla y que cuando me despertase al día siguiente todo volvería a la normalidad. Me pellizqué y noté el dolor en mi propia piel. Aquello no era una pesadilla, era la cruda realidad. Mi amiga había desaparecido y me quedaba muy poco tiempo hasta el amanecer. Una vez salido el sol no podría hacer nada. Las almas con sed de venganza desaparecerían. Absorto en mis pensamientos no me di cuenta de que alguien decía mi nombre. Siguiendo la voz que me llamaba llegué hasta un claro del bosque. Allí me encontré a aquella chica. En sus brazos llevaba a mi mejor amiga. Ella también dirigió la mirada hacia mi amiga y dijo las siguientes palabras, unas palabras que nunca podré olvidar: -Ya nos hemos vengado de los no muertos. Tu amiga ahora esta con nosotros y lo estará para siempre. Su alama nunca podrá descansar en paz y vagara por los tiempos de los tiempos en este bosque, donde nadie se atreverá a entrar. Aquel que lo haga acabará como ella. Muerta.
Entonces ella extendió su cuerpo en el suelo y desapareció. Intenté correr hacia mi amiga pero el cuerpo no me respondía. Sentía miedo, amor y sobretodo dolor. Como había sido capaz de llevarla allí y dejar que muriera en manos de un fantasma? Cómo?
Me acerqué a su cuerpo inmóvil en el suelo. Estaba tan pálida. Tan solo tenia una apuñalada en el pecho que ya había parado de sangrar. Chillé con todas mis fuerzas. Estaba muerta. Ya no respondía a mi llamada, su corazón había dejado de latir para siempre. Pero de repente delante mio apareció otro espíritu. Era el de ella. Aún muerta estaba hermosa. Llevaba un vestido largo y blanco, aunque manchado de sangre y dejando a la vista su herida. Se acercó a mí y me susurró al odio la siguiente frase: -No te culpes de mi muerte. Tú no me has matado. Ha sido ella. Tenía sed de venganza. No sufras siempre me llevaras en tu corazón. No ha sido una muerte muy dolorosa. Tan solo noté como se me clavaba algo en el pecho y como dejé de ver el mundo. Entonces me desperté y me vi a mi misma. No te culpes. Recuerda que yo siempre te he querido y te querré, así que supongo que esto será una despedida. Adiós.
Antes de irse del todo me dio un beso en la mejilla. Noté su calor y cariño. Pero aun así yo todavía no podía reaccionar. Al primer rayo de luz volví en si y cogí su cuerpo en brazos. Caminé sin rumbo ninguno hasta que vi el pueblo y a allí me quedé.
martes, 23 de noviembre de 2010
4º ESO: EXAMEN DE LOS MEJORES RELATOS FANTASMAGÓRICOS
Este jueves volveremos a vernos las caras, así que, recordad, el examen de la lectura obligatoria, Los mejores relatos fantasmagóricos, será este jueves 25 de noviembre para todos los grupos de 4º de ESO. Así que... feliz y terrorífica lectura a todas y todos.
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